Por esta razón apagaron WhatsApp en Rusia.
El gobierno de Rusia bloqueó oficialmente WhatsApp en su territorio. Más de 100 millones de usuarios dentro del país dejaron de poder acceder a la aplicación sin usar VPN.
En palabras simples: una de las principales vías de comunicación del planeta quedó fuera de juego en una potencia nuclear de 140 millones de habitantes.
El argumento oficial fue que WhatsApp no cumplía con la legislación local. El regulador ruso retiró sus dominios del sistema nacional de telecomunicaciones.
Resultado directo: si la app no se adapta a las reglas del Estado → se apaga el acceso → los usuarios quedan forzados a migrar.
Pero hay un detalle clave.
WhatsApp pertenece a Meta, una empresa estadounidense. Y Rusia no solo bloqueó WhatsApp. En los últimos años también restringió Facebook, Instagram y limitó YouTube. Lo que está ocurriendo no es solo un bloqueo. Es una ruptura digital.
El Kremlin, bajo el liderazgo de Vladimir Putin, impulsa una alternativa nacional llamada “Max”, una super-app respaldada por el Estado. A diferencia de WhatsApp, no ofrece cifrado de extremo a extremo. Dicho fácil: el modelo cambia de una red privada global a una red supervisada localmente.
Ahora bien, la pregunta incómoda es otra.
Durante dos décadas, gran parte del mundo dependió de infraestructura digital estadounidense: redes sociales, sistemas operativos, servicios en la nube, mensajería. Occidente no solo exportaba cultura y finanzas. Exportaba comunicación.
Si un país puede desconectarse de esa infraestructura y crear la suya → reduce su dependencia tecnológica → debilita el alcance global de Silicon Valley → fragmenta Internet en bloques.
Eso es lo que estamos viendo.
No es solo Rusia contra una app. Es el avance de un modelo donde cada potencia quiere su propio internet soberano. China ya lo hizo. Irán lo intenta. Rusia ahora profundiza el camino.
Y mientras Occidente habla de “libre mercado digital”, cada vez más países construyen murallas tecnológicas.
La consecuencia es clara: un mundo dividido no solo por ejércitos y monedas, sino por redes, datos y plataformas.
La pregunta es inevitable: ¿estamos entrando en una nueva Guerra Fría digital donde el control de la comunicación vale tanto como el control del petróleo?






