Peligroso cuando un pueblo quiere conservar su identidad pero pierde su centro.

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Hay un vacío peligroso cuando un pueblo quiere conservar su identidad… pero pierde su centro.

Hoy muchos siguen diciendo: “Israel es el pueblo de Dios”, pero olvidan algo esencial: no es el nombre lo que sostiene el pacto, es la presencia de Dios en medio del pueblo. Y cuando Cristo habló en Marcos 13, no solo anunció la caída de un templo… estaba revelando el fin de un sistema vacío, religioso, sin Él como fundamento.

En el año 70 no solo cayó un edificio… se evidenció una realidad: un pueblo puede tener historia, tradición, símbolos… y aun así caminar sin Dios en el centro.

Hoy se habla de reconstruir un tercer templo, pero eso no nace de una dirección divina revelada en el Nuevo Testamento, sino de un deseo humano de recuperar poder, identidad nacional y control espiritual. Y ahí está el problema… cuando el hombre quiere levantar lo que Dios ya cerró.

Porque Dios ya edificó Su templo. Y no es de piedra.
No es político. No es territorial.

Es vivo.

Es Su Iglesia.

Somos nosotros.

El Espíritu Santo no habita en estructuras… habita en corazones rendidos.

Por eso, todo intento de reconstruir lo que ya fue reemplazado por Cristo… es ignorar la obra consumada.

Y cuidado con esto: cuando Dios no es el centro, cualquier proyecto —aunque tenga apariencia espiritual— termina siendo humano, ambicioso y vacío.

“Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.”

No se trata de levantar templos… Se trata de ser templo.

No se trata de restaurar estructuras…
Se trata de volver a Cristo.

Porque donde Cristo no es el centro… todo lo demás, aunque parezca santo, está destinado a caer.

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