Una Argentina que volvió a descubrir la santidad.
Hoy la Iglesia celebra a todos los santos: hombres y mujeres que, con sus virtudes, sacrificios y fidelidad a Dios, nos enseñan que la santidad no es un ideal imposible ni un privilegio reservado a unos pocos, sino una vocación a la que todos estamos llamados.
En tiempos donde parecen imponerse el individualismo, el relativismo y la pérdida de valores, la solemnidad de Todos los Santos nos recuerda una verdad fundamental: fuimos creados para algo más grande que el éxito material y las satisfacciones pasajeras. Fuimos creados para Dios.
Como cristianos católicos, veneramos a los santos, no porque sean dioses, sino porque reconocemos en ellos la obra de la gracia divina. No los adoramos: los admiramos, los imitamos y acudimos a su intercesión, sabiendo que toda gloria y toda gracia proceden de Jesucristo, único Salvador y mediador.
Nuestra Argentina necesita santos en sus familias, en sus escuelas, en sus universidades, en sus lugares de trabajo y, especialmente, en la vida pública. Necesita hombres y mujeres que elijan la honestidad frente a la corrupción, la solidaridad frente al egoísmo, el perdón frente al odio y la verdad frente a la mentira.
San José Gabriel Brochero, Mama Antula y tantos testigos de nuestra historia nos demuestran que la santidad también tiene raíces argentinas.
Hoy con recordar a los santos: estamos llamados a seguir sus pasos. Porque una patria más justa, fraterna y solidaria también se construye desde corazones transformados por el Evangelio.
Que esta solemnidad nos ayude a comprender que la santidad no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en vivir lo ordinario con un amor extraordinario a Dios y al prójimo.
«Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Tesalonicenses 4,3).






