Bolsonaro y Netanyahu: dos liderazgos en crisis y el desgaste del sionismo radical

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Cuando el poder se convierte en confrontación, las urnas y la historia terminan pasando factura.

La trayectoria política de Jair Bolsonaro, en Brasil, y de Benjamin Netanyahu, en Israel, refleja una de las grandes tensiones de la política contemporánea: el desgaste de los liderazgos que construyen su poder sobre la polarización, el enfrentamiento y la división de la sociedad.

Aunque pertenecen a realidades nacionales muy diferentes, ambos dirigentes se convirtieron en referentes de una derecha dura, con discursos nacionalistas, posiciones confrontativas y una fuerte capacidad para movilizar a sus seguidores. Sin embargo, también enfrentaron resistencias sociales, cuestionamientos institucionales y profundas divisiones políticas.

En el caso de Brasil, Bolsonaro perdió las elecciones presidenciales de 2022 frente a Luiz Inácio Lula da Silva. Aquella derrota mostró que una parte importante de la sociedad brasileña rechazaba la continuidad de su proyecto político. La defensa de las instituciones democráticas, las consecuencias de la pandemia, los conflictos con otros poderes del Estado y la creciente polarización marcaron su paso por la presidencia.

En Israel, Benjamin Netanyahu ha atravesado crisis políticas, cuestionamientos judiciales, protestas ciudadanas y fuertes controversias en torno a su conducción del país. La guerra en Gaza, la situación de los rehenes y las críticas por las decisiones de su gobierno profundizaron las divisiones internas y el debate sobre su responsabilidad política. Sin embargo, su trayectoria y su situación electoral deben analizarse con precisión: no corresponde afirmar que perdió el poder o unas elecciones sin identificar el resultado concreto al que se hace referencia.

El límite de los liderazgos personalistas

La experiencia de estos dirigentes deja una reflexión importante: ningún liderazgo, por fuerte que parezca, está por encima de la voluntad popular ni de las instituciones democráticas.

Cuando la política se transforma en una batalla permanente entre enemigos, el diálogo se debilita y la sociedad queda atrapada en una confrontación que dificulta la búsqueda de soluciones. Los problemas económicos, la desigualdad, la seguridad, el acceso a la salud y la convivencia democrática terminan subordinados a la disputa por el poder.

Bolsonaro y Netanyahu también representan fenómenos distintos que no deben confundirse. Brasil es una democracia presidencial latinoamericana marcada por profundas desigualdades sociales, mientras que Israel enfrenta una realidad atravesada por el conflicto palestino-israelí, cuestiones de seguridad y tensiones internas sobre la identidad y el futuro del Estado.

Sin embargo, ambos casos permiten plantear una pregunta común: ¿hasta dónde puede sostenerse un proyecto político basado en la confrontación permanente?

La democracia no pertenece a ningún dirigente

Las derrotas electorales, las crisis de popularidad y las protestas no significan necesariamente el fin de una corriente ideológica. Pero sí pueden revelar que una parte de la ciudadanía reclama cambios, exige responsabilidades y cuestiona la forma en que se ejerce el poder.

La democracia no consiste solamente en ganar elecciones. También exige respetar las reglas, aceptar los límites institucionales, rendir cuentas y reconocer que quienes piensan diferente no son enemigos de la patria.

En definitiva, la historia política de Brasil y los desafíos que atraviesa Israel recuerdan que los liderazgos pueden ser poderosos, pero nunca son eternos. La sociedad cambia, las demandas se transforman y los ciudadanos conservan la última palabra dentro de las reglas democráticas.

Porque, en democracia, ningún dirigente es más importante que el pueblo, y ningún proyecto político está destinado a durar para siempre.

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